El cuidado del rostro.

Cuando cuidamos nuestra piel, debemos prestarle una atención especial a la zona del rostro. La piel de nuestra cara es más fina y delicada. Por ello necesita mayores cuidados y caricias. Al ducharnos o lavarnos la cara debemos evitar que el agua demasiado caliente toque nuestro rostro, así como el uso de jabones astringentes o limpiadores de cutis que resequen la piel.

Protegiéndonos del sol.

El sol puede ser uno de los peores enemigos de nuestra piel. Si bien tomar un poco de sol para ponernos morenos es atractivo, hacerlo sin protección es perjudicial porque la piel se reseca y se vuelve menos elástica, acelerando el proceso de envejecimiento y pudiendo llegar a provocar enfermedades cutáneas. Durante las temporadas más cálidas es imprescindible tener siempre a mano un protector solar acorde con nuestro tono de piel y estar informadas sobre los índices UV de la atmósfera para saber cuáles son los mejores momentos del día para que nuestra piel disfrute del aire libre.

Una buena alimentación se refleja en tu piel.

Para mantener la piel joven, limpia, tersa y saludable una correcta limpieza y el cuidado con cremas y body milks no bastan. Además, hay que llevar una dieta y un estilo de vida equilibrados que se notará en nuestra epidermis. Debemos hidratarnos correctamente bebiendo al menos 2 litros de agua cada día y mantener una alimentación equilibrada con una dieta abundante en frutas y verduras frescas.